Volver a casa
Una reflexión para quienes ya salieron del fango, pero sienten que aún están aprendiendo a vivir bajo el cuidado del Padre.
Ps Jose Feijoo
1/25/20262 min leer
Hay un momento en la historia del hijo pródigo que siempre me llama la atención. No es cuando se va, ni siquiera cuando regresa. Es ese instante previo, cuando “vuelve en sí”. No hay fiesta todavía. No hay abrazo. Solo un joven cansado, con hambre, recordando cómo era la casa de su padre.
Tal vez tú también has tenido ese momento. No necesariamente lejos de Dios, pero sí lejos de casa por dentro. A salvo, pero inquieto. Libre, pero sin dirección clara. Como si hubieras salido del fango, pero no supieras bien cómo se vive bajo un techo que vuelve a llamarse hogar.
Dios nos saca de Egipto. Eso es cierto. Nos rescata de lo que nos esclaviza, de lo que nos consume. Pero a veces pensamos que ahí termina todo. Que con haber salido basta. Y no. Él no solo nos libera; nos conduce. Nos quiere llevar a un lugar donde su presencia no sea una visita ocasional, sino una compañía constante.
Entre Egipto y la tierra prometida hubo un desierto. Largo. Incierto. No fue un castigo, aunque así se sintiera muchas veces. Fue un espacio de aprendizaje. De dependencia. De caminar mirando una nube durante el día y una columna de fuego por la noche, sin entender del todo el trayecto.
Quizás hoy estás ahí. En una transición que no elegiste. En una etapa donde Dios no parece explicar demasiado, pero tampoco se ha ido. Sigues teniendo pan, aunque sea maná diario. Sigues teniendo agua, aunque venga de lugares inesperados. No sobra nada, pero tampoco falta lo esencial.
El desierto tiene esa forma extraña de mostrarnos quién gobierna de verdad nuestra vida. No solo a quién creemos, sino a quién obedecemos cuando no hay certezas. Porque una cosa es ser salvado… y otra muy distinta es dejarse guiar.
Más adelante, el pueblo entendió algo profundo: la presencia de Dios no era solo algo que se visitaba. Se cargaba. El arca iba con ellos. Donde estaba, algo cambiaba. Una casa común podía volverse un lugar bendecido simplemente porque Dios estaba ahí.
Eso me confronta. Porque hoy no cargamos un arca de madera, pero sí llevamos su presencia con nosotros. En el cuerpo cansado. En la mente saturada. En la casa real, con platos sin lavar y conversaciones pendientes. Ahí también quiere habitar.
Invitar a Dios a “nuestra casa” no es solo pedir ayuda en emergencias. Es permitirle opinar. Marcar el ritmo. Reordenar lo que hemos aprendido a manejar solos. Y eso, si somos honestos, da un poco de temor. Porque implica soltar control.
Tal vez la pregunta no es si Dios ya te salvó. Quizás la pregunta más silenciosa es si le estás dejando gobernar. No desde la culpa, sino desde la confianza. Como quien aprende, poco a poco, a vivir de nuevo bajo la mirada del Padre.
Y eso no ocurre de golpe. Ocurre despacio. A veces en el desierto. A veces volviendo en sí.
Señor,
si ya salí del lugar donde me perdía,
enséñame ahora a quedarme en tu casa.
A caminar contigo, incluso cuando no entiendo el camino.

