La gratitud como estilo de vida: agradecer antes de ver.

Descubre cómo la gratitud, según el ejemplo de Jesús y la enseñanza bíblica, transforma la fe y abre el corazón a la provisión de Dios.

Ps. Jose Feijoo

12/23/20252 min leer

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Antes de ver

Hay momentos en los que uno siente que tiene poco entre las manos.
No nada, pero poco.
Algo que alcanza apenas para hoy, y no mucho más.

Imagino a Jesús con aquellos panes y peces. No eran suficientes. No para tanta gente. Y aun así, antes de que algo cambiara, antes de que el milagro se hiciera visible, Él dio gracias. No esperó a ver el resultado. Agradeció en ese punto incómodo donde todavía no alcanza.

Eso siempre me confronta.
Porque yo suelo agradecer después.
Cuando todo se ordena.
Cuando la provisión ya llegó.
Cuando el miedo se fue.

Pero Jesús agradeció antes.

Y pienso en cuántas veces la gratitud se me vuelve condicional. Depende del saldo, del diagnóstico, de la respuesta que espero. Como si el “gracias” tuviera que ganarse su lugar. Como si solo fuera apropiado cuando todo tiene sentido.

Pablo escribió algo parecido, aunque su contexto no era precisamente tranquilo. Habló de agradecer en toda circunstancia. No porque todo fuera bueno, sino porque Dios seguía siendo Dios aun cuando las cosas no lo eran. Esa diferencia cambia todo.

La gratitud, entonces, deja de ser un gesto bonito y se vuelve una forma de estar en el mundo. No como optimismo forzado. No como negación del dolor. Más bien como una confianza silenciosa que dice: “No entiendo del todo, pero sigo confiando”.

A veces agradecer no es levantar la voz.
Es apenas un suspiro.
Un “gracias” dicho con dudas incluidas.

También me doy cuenta de algo más. Jesús no menospreció lo que tenía. No dijo “esto no sirve”. No se quejó por lo poco. Lo bendijo. Y eso me toca. Porque yo suelo mirar lo mío con cierta decepción. El trabajo que no es el soñado. La etapa que no es la esperada. La vida que no se parece a la que imaginé.

Y sin darme cuenta, dejo de bendecir lo que ya está en mis manos.

Tal vez la gratitud empieza ahí.
En dejar de pelear con el presente.
En reconocer que incluso esto, así como está, puede ser sostenido por Dios.

Cuando Jesús agradeció frente a la tumba de Lázaro, el milagro todavía no había ocurrido. La piedra seguía en su lugar. El dolor seguía fresco. Pero Él dijo “gracias” igual. No como fórmula. Como relación. Como quien sabe con quién está hablando.

Eso me enseña que agradecer no es declarar que todo va a salir como espero. Es declarar que no estoy solo mientras espero.

Hoy, quizá, no tengo respuestas claras.
Quizá mis manos también se sienten medio vacías.
Pero puedo agradecer igual. No por lo que veo, sino por quién camina conmigo en medio de esto.

Tal vez la gratitud no cambia de inmediato las circunstancias.
Pero cambia el lugar desde donde las miro.

Y eso, a veces, ya es un milagro.

Señor, enséñame a agradecer incluso cuando no veo claro.
A bendecir lo que hoy tengo, sin despreciarlo.
A confiar en tu presencia más que en mis resultados.
Amén.

O quizá solo quede esta pregunta, para el silencio:
¿En qué parte de mi vida estoy esperando ver primero, cuando tal vez podría agradecer ahora?

Ps. Jose Feijoo.

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