Cuando la música se detiene
Para quienes se han quedado sin palabras frente al dolor y solo pueden hacerse una pregunta en silencio: ¿por qué?
12/23/20252 min leer
Cuando la música se detiene
Hay momentos en los que todo parece avanzar con normalidad y, sin aviso, algo se rompe. La música que estaba sonando de fondo se detiene. No porque haya terminado la fiesta, sino porque algo más fuerte la interrumpió. Una noticia. Un temblor. Un incendio. Una pérdida que no estaba en nuestros planes.
Quizás tú también has vivido uno de esos instantes. Todo iba más o menos en orden, y de pronto ya no. Y la pregunta aparece casi sola, sin que nadie la invite: ¿por qué Dios permite esto?
He notado que esa pregunta no suele hacerse desde la teoría. Nace desde el suelo, desde el cansancio, desde el miedo. No es curiosidad espiritual. Es necesidad. Como cuando alguien se queda mirando un lugar vacío y no sabe qué hacer con ese silencio.
En la historia de Job —ese hombre que lo perdió todo sin entender nada— hay algo que siempre me ha acompañado. Él no recibe explicaciones claras. No se le da un mapa. Solo se le permite hablar. Decirle a Dios lo que le duele, incluso cuando no entiende lo que está pasando. “Dime por qué contiendes conmigo”, llega a decir. No es una frase bonita. Es una frase honesta.
Tal vez ahí empieza algo para nosotros también. No en entender, sino en atrevernos a hablar con Dios desde donde estamos. Sin respuestas ordenadas. Sin frases aprendidas.
Hay tragedias que no traen lecciones inmediatas. No todo se acomoda rápido. A veces lo único que queda es aceptar que hay cosas que no sabemos. Y que tal vez no sabremos pronto. La Biblia habla del misterio, y no como algo que se resuelve, sino como algo que se reconoce. Eso, aunque incomode, también puede ser un descanso.
Con el tiempo he visto otra cosa. En medio del dolor, cuando la música se detiene, muchas personas empiezan a moverse de una forma distinta. Gente que no se conocía se acerca. Manos que no estaban unidas lo están por un momento. Alguien trae agua. Otro escucha. No es que el sufrimiento sea bueno. Pero a veces deja ver una compasión que estaba escondida.
Quizás tú has sido testigo de eso. O quizás fuiste tú quien recibió ese gesto pequeño que sostuvo el día.
También hay algo más silencioso. El sufrimiento nos recuerda que no controlamos tanto como pensamos. Que la vida es frágil. Que el tiempo no es infinito. Hebreos dice que todos, en algún momento, tendremos que enfrentarnos al final de esta vida. No como amenaza, sino como realidad. Y cuando eso se vuelve cercano, muchas cosas pierden importancia. Otras la ganan.
No sé por qué ocurrió lo que ocurrió en tu historia. No tengo una explicación que cierre todo. Pero sí creo que Dios no se aleja cuando la música se detiene. Jesús mismo conoció el dolor, la injusticia, la pérdida. Y, aun así, no dejó de mirar a las personas, una por una.
Tal vez hoy no necesitas entender. Tal vez solo necesitas sentarte un momento, reconocer tu fragilidad y decir, aunque sea en voz baja: “Dios, no comprendo esto, pero sigo aquí”.
Señor,
si hoy el ruido se apagó
y solo quedó el silencio,
quédate conmigo un rato más.
Ps. Jose Feijoo

